Libre
Comercio es un concepto económico, referente a la venta de productos entre
países, libre de aranceles y de cualquier forma de barreras comerciales. El
libre comercio supone la eliminación de barreras al comercio entre individuos y
empresas de diferentes países.
A
partir de 1986, con la firma del GATT, (General Agreement on Tariffs and Trade) nuestro país tuvo al libre comercio como
hoja de ruta económica para mejorar las condiciones y calidad de vida de los
mexicanos, a través de la libre competencia y el acceso de los diversos bienes
y servicios que esta ofrece.
Pero
fue hasta 1994, a partir de la firma del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) cuando nuestro
país pasó de la teoría a la práctica en esta materia. Este primer tratado de
libre comercio firmado por Estados Unidos, se acreditó como
el más importante de su tiempo, ya que con su firma se alcanzarían los
resultados previstos por la teoría tradicional, pues el acuerdo permitía que
cada economía se especializara en los sectores con mayores ventajas
comparativas.
A
veinte años de la implementación de este acuerdo trilateral, los estudios,
críticas y argumentos entorno al mismo, han sido tan variados y disímiles como
el propio número de analistas que han ahondado en el tema. Lo cierto es que
este instrumento dio un giro de ciento ochenta grados a la dinámica económica
de nuestro país y logró elevar el acceso a un mayor número de bienes y
servicios en comparación al antiguo modelo de sustitución de importaciones.
La
trascendencia de este cambio, ha tenido efectos que van más allá de las cifras
de intercambio comercial, que por decir algunos datos, desde la firma de este
tratado las exportaciones totales de México han crecido a un ritmo de 10.6% en
promedio anual, pasando de 106,452.7 mdd de comercio total con EEUU en 1994 a
472.954.2 mdd en 2012. Y qué decir de Canadá, que de un valor total de las
exportaciones de 1, 519.4 mdd en 1994, pasamos a 10,937.5 mdd en 2012.
Por
cada dólar que México exporta al mundo, 37% tiene valor agregado que proviene
de EEUU y 23% de Canadá. El 81% de las exportaciones mexicanas corresponde al
rubro de manufacturas, resultado de la colaboración con ambos tres países.
Pero
como hemos mencionado, los efectos del TLCAN van mucho más allá de la cifras de
intercambio comercial, desde el punto de vista geopolítico, este acuerdo
impulsó el Foro de Cooperación Económica Asia Pacifico (APEC), hizo posible la
ronda de Uruguay que estableció la Organización Mundial de Comercio, generó una
serie de negociaciones en América Latina, fue antecedente del Acuerdo de Libre
Comercio de las Américas y ahora de la Alianza Pacífico, así como el punto de
comparación para otros esfuerzos, como el Mercosur.
Gracias
a este golpe de timón en la política comercial de nuestro país se adquirió una
visión anti-inflacionista, disímil a la adquirida por los gobiernos anteriores
a la década de los 80’s, resolviendo estos problemas en el corto plazo tras su
entrada en vigor.
Otro
de los efectos que podemos mencionar, es el que revela un estudio del Instituto
Nacional de Nutrición, el cual demostró, que el consumo de carne en el decil
más pobre de la población se duplicó entre 1992 y 2006. La prevalencia nacional
de talla de baja en niños menores de 5 años se redujo del 26 por ciento, al 13
por ciento, en 2012 (ENSANUT). Un cambio tan importante en la salud de los
mexicanos debe obedecer a múltiples
factores, sin embargo, con base en el aumento de proteínas por consumo de
pollo, se puede considerar esta hipótesis, como consecuencia de la apertura
comercial.
El
TLCAN no sólo ha implicado el intercambio de coches, televisiones y aguacates,
sino también se puede medir en un aumento de la capacidad consumo de los
mexicanos. A partir del censo del 2000, el INEGI comenzó a medir el número de
hogares con refrigerador y lavadora. Entre 2000 y 2010, el número de hogares
con estos electrodomésticos creció en 56 por ciento para frigoríficos y 67 por
ciento para lavadoras. Estos bienes de consumo dignifican la vida y el trabajo
doméstico de millones de familias.
Sin
embargo hay que manifestar, que los resultados no han sido del todo
contundentes, debido a que el propio acuerdo fue considerado más como un fin y
no como un medio, ya que desde su inicio y por la celeridad de las
negociaciones en el contexto geopolítico, no se acompañó de una bien planeada y
orientada política industrial, lo cual no contribuyó a generar valor agregado a
la industria mexicana ni a la articulación de cadenas productivas.
También
hay que decir que somos un país mayoritariamente exportador, pero de importaciones,
ya que la ausencia de una estrategia industrial ha beneficiado la importación de
insumos y bienes finales, generando la gran mayoría de las ocasiones empleos manufactureros
de muy baja remuneración y de pocas garantías laborales. Adicionalmente se
ha resaltado que el concepto actual de libre comercio favorece el movimiento
libre de productos y empresas, lo cual es favorable para los países
desarrollados, pero esto no va a la par con el libre movimiento de
trabajadores, lo cual favorecería a las naciones “en vías de desarrollo” como
la nuestra.
El
mercado común como la propia Unión Europea lo entendió en su proceso de
integración, debe ser la ruta que sigamos como región económica si queremos
realmente aprovechar los beneficios que este concepto abarca, pero también las
tareas internas de fortalecimiento económico del sector productivo e industrial,
son asignaturas pendientes para fortalecer nuestra competitividad y nuestro carácter
de socios estratégicos de las diferentes regiones económicas de las que
formamos parte.
El
TLCAN, ha mostrado luces y sombras, y se ha simbolizado como un ying-yang de nuestra
economía, Sin embargo, por trascendente que sea, por sí solo, este tratado resulta
insuficiente para reinventar el destino de una nación.
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en twitter; @jorgeivand
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