Las relaciones de poder entre individuos y el hecho de que individualmente el ser humano no pueda satisfacer todas sus necesidades, dan origen a la creación de estructuras de autoridad que regulen dicha interacción.
A estas estructuras las han denominado; formas de gobierno y durante la historia de la humanidad se han visto tantos tipos de gobierno como sociedades de las que emanan. Sin embargo los grandes filósofos y teóricos de la historia han tratado de clasificar estas diversas formas para su mayor comprensión.
Pero ¿Por qué interesarse por estos temas que a veces parecen tediosos y aburridos?, la respuesta es simple y Platón ya hace miles de años lo planteaba: “No creerás que la virtud de los gobiernos emanan de las rocas y de las encinas, sino de las costumbres mismas de los integrantes que lo conforman y de la dirección que este grupo de costumbres imprime a los demás”. Se supone que en una democracia, donde el pueblo gobierna, es el pueblo mismo quien define la virtud de sus gobiernos.
Pero, ¿Qué es la democracia? Su término aparece por primera vez con Herodoto y proviene del griego poder (kratos) del pueblo (demos), pero más allá de su definición etimológica interesa saber su origen y su funcionamiento, ya que nosotros ciudadanos corrientes, llegar a saber lo que hay detrás de esta palabra a menudo manipulada, significa poseer el instrumento principal para defender nuestros derechos y por lo tanto nuestra libertad
Platón, Aristóteles, Montesquieu y Rousseau hicieron las mejores clasificaciones de formas de gobierno y las clasificaron en tres representaciones; la Monarquía, la Aristocracia y la Democracia, que en sus formas impuras se pervierten en Tiranía, oligarquía y demagogia respectivamente.
Aristóteles clasificó a la democracia entre las formas malas de gobierno, tomando en cuenta principalmente que era un gobierno del pueblo cuyos intereses no correspondían al bien común, sino únicamente al de las clases bajas, y durante dos mil años “democracia” se convirtió en una palabra negativa y derogatoria. Sin embargo después del siglo XIX la palabra adquiere un nuevo auge y va adquiriendo un significado elogioso.
¿Porque paso esto? Giovanni Sartori explica que la respuesta es que la democracia de los modernos, la que practicamos hoy, no es como la concibieron los antiguos; más allá que la democracia es cuando los pobres vencen a los ricos como definía Platón, Sartori distingue tres aspectos que conforman la democracia actual; en primer lugar la democracia es un principio de legitimidad, en segundo es un sistema político llamado a resolver el ejercicio del poder y en tercero es un ideal.
hay una gran diferencia entre la democracia de los antiguos y la democracia de los modernos; como señala Sartori, en ambas el principio de legitimidad es el mismo, sin embargo la democracia directa (la de los antiguos) es un mecanismo de poder que no prevé representación y la democracia actual es un sistema de control de poder que se basa en la transmisión representativa del mismo.
En otras palabras, fuera del proceso electoral, la democracia no es el derecho de todos a decidir (que esto devendría en anarquía) sino la posibilidad de elegir a los mejores para que decidan por nosotros.
En la democracia el pueblo es gobernante y gobernado, en este proceso hay un movimiento ascendente (el voto) y un movimiento descendente (el ejercicio del gobierno), es pues el voto el punto neurálgico de la democracia, así pues las elecciones son una condición necesaria, más no suficiente, el proceso para pasar de una democracia formal a una sustancial es que la misma sea más que un proceso, un valor compartido.
En democracia el gobierno se basa en la opinión, para participar en democracia, simplemente hay que tener opiniones, por eso los antiguos la menospreciaban, argumentando que el pueblo no sabía nada y que para decidir las cuestiones del estado hacían falta personas que tuvieran el verdadero “saber”, sin embargo la democracia representativa no decide las cuestiones, sino quien decide las cuestiones
A palabras de Carlos Arriola, la democracia no puede vivir, ni sobre vivir, si no es resultado de una experiencia, de un consentimiento autentico y de una responsabilidad personal que se convierta al final, en un modo de vida.
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